SE BUSCA cien años después.

23 Nov

 

 

 

Durante los últimos catorce años he buscado este rostro, he perseguido a este Poeta de Obulco sin dar con él.

El poeta Manuel de Quero. Amigo íntimo de Justo y Antonio.Tras la condena injusta de los NEreo, además del río oportunista de palabras en periódicos y tertulias, en círculos políticos de uno y otro color a los que se sumaron el socialismo creciente e incluso los aún minoritarios políticos republicanos, y también el anarquismo de paz y libertad, en una carrera en hacer más movimientos de ficha que los otros…. aparece la letra clara, la confesión de un escritor, amigo íntimo de JUSTO Y ANTONIO:  MANUEL DE QUERO MORENTE.

Manuel, en un artículo retrata a sus amigos, que conoce desde la adolescencia y con los que ha compartido una amistad grande. Manuel escribe un artículo en el que retrata a los dos amigos, a los dos jóvenes de 18 y 22 años.

Este documento no lo hemos encontrado y ha sido uno de mis motivos por los que me he sentido más fracasado…, porque las palabras de Manuel hubieran precipitado un acercamiento a la sicología de los dos personajes de mi novela.

Si leéis la novela ya veréis como he caracterizado a cada hermano. Sólo una pista sobre Antonio, al autoinculparse del hecho me dio fuerzas para hacerlo el personaje más íntegro, más valiente,… aunque la posible manipulación por parte de Niceto y demás para que el más joven se culpara de los sucedido y ciertas razones que van implícitas en “la tradición oral del crímen de los nereo” que aún en Porcuna se conoce, cien años después, señalan a Justo como hermano de padre de Niceto. Pero de esto me ocuparé en próximas salidas, sobre todo en lo concerniente a la novela, es decir a lo que yo literariamente he supuesto y por tanto, queda aclarado que como recurso, licencia literaria.

Manuel funda el periódico Obulco. PEro poco sabemos de él fuera de esta nota de prensa, donde su amigo francisco Ruiz Quero escribe de él como podemos apreciar, con esa retórica tan de moda en su momento.

Manuel trabaja para distintos periódicos y revistas en Jaén y luego en Sevilla, donde le perdemos la pista. Sería maravilloso encontrar el escrito sobre sus amigos Justo y Manuel. El trabajo de búsqueda en Hemerotecas ha sido infructuoso hasta ahora. Puede que alguien de su familia posea un recorte del artículo.

En un principio la fotografía de Justo y Antonio, acompañados en su centro por un muchacho de su edad, me hizo pensar que pudiera ser Manuel de Quero Morente y que la foto fuera años antes, cuando ninguno de los tres hubiera alcanzado los 18 años. Justo es el mayor ( a la izquierda). Puede que Justo con 18 y luego Manuel y Antonio quizás con 16 me hicieran no hacer coincidir los carácteres óseos de la cara de  MAnuel con el retrato de la redacción de Obulco.

El amigo en el centro de Justo y AntonioPero la estructura ósea del cráneo se ha formado ya a estas edades y las distancias entre los arcos superciliares, piramidales, bucinadores y demás músculos de la cara en su relación con los huesos aleja mi alegría primera.

Por tanto tenemos una fotografía extraordinaria en la que aparecen Justo y Antonio apoyándo sus manos en los hombros de un “Gran Amigo del Alma”.

La fotografía está llena de tensión por parte de los Nereo que de no ser por estar su amigo en medio, o animados por él, no se hubieran hecho la fotografía. Como comprobáis los rostros de los Nereo son serios, rudos, guardan una pasión interna, es decir la crónica anunciada de un drama que romperá sus vidas.

El personaje central muestra en sus manos una pose cándida y forzada, vergonzosa.

LA escena manifiesta un arrebato: el de ir y buscar un fotógrafo para “estar juntos en la foto”, compartir la imagen. O tal vez en un paseo, en una fiesta, haber encontrado a un fotógrafo ambulante y, entre el pavor de no pensar, hacerse la foto “para recordar”, tres copias, o dos, para cada parte.

Las manos son el reflejo del alma del retratado que mira, miran la cámara a requerimiento del fotógrafo, siempre con la prisa, con la llamada justa: “miren, miren, miren..- fogonazo, susto-., ya estáaaaa´… La foto parece reclamar estas palabras, supondrían una escena entera, una secuencia del antes y del después de la foto…
las manos reflejo sicológico

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EL GALGO PACHECO Y JULIO ROMERO de Torres EN La Nereida

23 Nov

Pacheco el perro galgo que inmortalizó Julio Romero de Torres.

 

Julio Romero de Torres pinta entre 1904 y 1905 los murales de la Iglesia Parroquial de Porcuna. Comienza una amistad con diversos personajes de la ciudad que durará toda la vida.

A través del coto El Lebrel, aficionados a la caza con galgo se reúnen asiduamente. Comienza una amistad que dará como resultado una continua estancia de Julio con sus amigos de Porcuna.

Literariamente me conmueve el regalo que le hacen a Julio, en una de sus visitas. Le regalan a PAcheco, un galgo negro, que pintará en numerosos cuadros. El animal es usado en su pintura para acompañar a los seres, como elemento simbólico. No en vano el perro fue utilizado por Velázquez como contenedor de personalidad, de ideas propias. Son numerosos los cuadros en los que, frente a la mirada ida del monarca de turno, el perro parece representar a la verdadera racionalidad y humanidad.  Los perros de Velázquez reclaman un ensayo. También Pacheco, el galgo inmortal de Porcuna, necesita un estudio más detenido como elemento clave en la iconografía de Julio Romero.

El monumento escultórico que Córdoba puso a Julio lo representa de pie, con su capa y con su galgo PACHECO. Recordar que en la suscripción popular de entonces numerosos amigos de Porcuna aportaron dinero para la construcción del Monumento. Cuando paso andando o en coche por Córdoba un temblor me llena el alma cuando veo a Pacheco en bronce a los pies de Julio.

En LA NEREIDA no  me he resistido a plasmar el momento en el que por primera vez el alma de Julio y de Pacheco se miran. Puede que el regalo se hiciera posterior a 1914, fecha en que introduzco la escena.

Pacheco, como sabemos , se quedó huérfano, sin su Julio. LA hermana de Julio Romero lo tuvo en la casa de la Plaza el Potro de Córdoba hasta que murió de viejo.

HE AQUÍ UN TROZO DE LA SECUENCIA DE PACHECO-JULIO:

 

En la tarde de noviembre una masa oscura fue bajando sobre todos ellos. Una tarde más plagada de restos de conversaciones, de murmurios amarillos como las nubes entre las que lucha por salir hacia el infinito la Virgen María ascendiendo por entre los ángeles sobre el ábside principal de la iglesia Parroquial, un coro terrenal con San Pedro que abre la caja y no ve a la Virgen y las Santas Mujeres sí la ven, el cielo que abre y rompe la bóveda de yeso y la resquebraja, camino hacia el cielo de los justos.

 

Y la tarde acaba pero, antes de ir hacia la casa de su amigo Julián, Julio Romero de Torres recibe, dentro de una canasta alargada, una sorpresa: la mancha negra de un cuerpo huesudo y negro muy negro sobre un paño de algodón, al fondo de la cesta, temblando; una mirada brillante. Los ojos de Julio y los del animal, unidos, en comunión perfecta al instante. Las manos libres y ligeras sacando al cachorro de la cesta, negro, sin mácula.

Y las almas, las dos, en ese mismo momento, se unen en el cielo de su destino y Julio se lleva prendido de sus brazos a aquel cachorro de galgo y lo pasea por la Carrera de Jesús y la mole endiablada de la torre de Boabdil, «mira perrito qué alta es, un día subimos y te enseño Córdoba desde allí.»

Y enristra la calle Carrera y al pasar por el arco de la plaza con el animal un estremecimiento incendia sus vísceras, y la Parroquia, con su masa mastodóntica de piedra cruda, su campanario alto y hueco mostrando a María Benita, la campana, el chapitel como el bulbo de una cebolla, se le clavan en el corazón cuando pasa, dirección a la casa de Julián para dormir, …pasa cerca muy cerca de los muros de uno de los ábsides laterales, dentro del cual su pintura de la Sagrada Familia espera ser tapada, los ojos de la Virgen, su cuerpo serpenteante elevado en un clímax místico, junto al Niño y lejos de San José, a la izquierda del espectador: LA Virgen (Elena), con su ramo de azucenas, se estrella contra el paisaje alto, la línea de horizonte de la sierra de Córdoba, aquel horizonte de su niñez, copiado desde la plaza del Potro contra el río Guadalquivir, donde se une el cielo con la zona de Bellavista.

Elena menuda y quieta, su capacidad para posar, sus pechos agitados por la pasión que ya recorría sus venas, las miradas, reducida la vida a eso, a miradas, la del enamorado que no es recibido(Ruibérriz de Torres), la del amante apasionado (Antonio Nereo) que sí es depositario de un amor imposible y toda aquella vida manifestándose brutalmente sobre el quicio salitroso de las piedras fijadas por los canteros de Porcuna y la mente de su arquitecto Justino Flórez Llamas.

…La mirada resumida de todos los desconsolados siglos venidos y venideros en el fondo de las pupilas de Pacheco, seguro, en el regazo de los brazos de Julio, mientras relame su hocico y abre la menuda dentadura de dientes afilados de leche.

REGALA CULTURA.

22 Nov

LA HISTORIA DE PORCUNA DE HACE CIEN AÑOS.

En la novela podrás entender como una villa de casi diez mil habitantes pasa a ser Ciudad tras el nombramiento de Alfonso XIII en 1908.

Porcuna parece despertar de su sueño decimonónico gracias a las mejoras en sanidad, alumbrado, comunicaciones, etc.

Pero en este escenario surge en el verano de 1913 uno de los dramas más hondos de nuestra historia.

Sumérgete en el ambiente de las calles de Porcuna, su término municipal, sus caminos, sus cortijos, sus gentes…

REGALA CULTURA. Regala la historia. Un texto donde conocer  los documentos, los lugares, … un viaje literario a esa Porcuna de nuestros  abuelos….

 

 

RECORTES DE PRENSA DEL CRIMEN DE LOS NEREOS. PORCUNA 1913-15

21 Nov

Reproduzco aquí algunos recortes de prensa que ya han sido publicados gracias a la labor de Alberto Gay Heredia a través de su magnífico blog http://decastroero.blogspot.com. En ella podréis seguir más ampliamente diversos aspectos del caso que yo no voy a ampliar aquí, por remitirme solamente a aspectos literarios y su relación con la realidad histórica.

Aquel día de finales de septiembre de 1915 los periódicos tanto liberales como conservadores de JAén no salieron y en su lugar se publicó esta reflexión, creo que  universal, en contra de la pena de muerte. El tempo de esta esquela mortuoria es el de una campaña lenta desde cualquier iglesia de cualquier pueblo. “Tocan a muerto niño…”, nos decía nuestra abuela, o en la calle algo se detiene cuando algún caminante capta ese toque lastimero, el lenguaje de las campanas, como estas líneas terribles. La acción periodística fue fundamental en el caso.

 

LA movilización de todos los periódicos a través de sus titulares, incluso como en este en la portada es importante. No obstante todas estas acciones en la prensa y las movilizaciones continuas de partidos conservador, liberal, socialista, etc me suenan siempre a bambalina, a movimiento de teatro. A temible movimiento de palabras y discursos y pronunciamientos vano . Esto es lo que planteo en la propia novela, a veces no directamente, otras a través de las contradicciones de los personajes como el propio Niceto Alcalá Zamora, o los ministros Dato, el propio Alfonso XIII, el ministro de la guerra… incluso a periodistas como Carmen de Burgos nos llenan de esa exageración decimonónica en el discurso y en lo barroco de su lenguaje que yo mismo imito en la propia técnica de  “horror vacui” en el discurso de los personajes tanto en su monólogo interior como en la narración.

 

Sin embargo encuentro en la movilización social, aunque inferida por los partidos y los periódicos algo de franca respuesta, un hálito especial en contra de la justicia; es decir una repulsa a la injusticia, un canto a la libertad y al derecho de ser defendidos por algo más allá de las leyes injustas, una justicia popular y una repulsa total a la pena de muerte.

 

Las manifestaciones en Jaén y luego la afluencia masiva en Porcuna de firmantes en pro del indulto nos dan ese giro importante, ese tic-tac del corazón del pueblo conocedor de los hechos en directo.  La película de una tragedia anunciada se cumple con todos sus capítulos. Realmente me cuestioné hacer una fotonovela, cosa que aún no he rechazado como idea.

 

Los periódicos madrileños sí publicaron la crónica del “Asesinato de Estado”. Siempre me estremeció leer los recortes, surcar sus frases, sus subordinadas, frases huecas o llenas, con o sin aire. De este modo la técnica narrativa que he utilizado es la de utilizarlos, pero al mismo tiempo;  es decir en el mismo tiempo de alguien que los lee y a su vez piensa algo. De modo que hay tres sujetos narrativos que se dan a la vez. Esto puede en ocasiones actuar sobre el lector negativamente si no se tiene la suficiente paciencia.

 

En otras entradas de este blog publicaré algunos ejemplos de esto. … huecas y vacías me suenan estas crónicas, como la retransmisión televisiva de un partido amistoso entre selecciones nacionales lejanas… me suenan a máquina de escribir, a linotipia, entre el tumulto de la imprenta del periódico-sábana a punto de sacar su edición de tarde…

 

En la novela he silenciado algunos personajes en los que no he querido meterme o meterlos pese a haber estado presentes como se puede ver en este recorte de prensa. Unos por falta de información rigurosa y otros porque mi ira iba a ser descargada sobre ellos, creo innecesariamente para la trama de la novela, porque entonces las frases irían y viajarían por el antes y durante y el después de la vida de esos y entonces sería aventurarme y al drama colectivo sin solución que pocos años después consiguió ese escenario hollywodiense de la guerra, y ésta fue muy cruel en Porcuna durante todos y cada uno de los meses de los tres años…

 

 La parte más importante del discurso periodístico, como dije antes

es sin duda la plasmación de los nombres de las mujeres en un documento y de otro lado los nombres de los hombres de Porcuna que apoyan el indulto del reo Antonio Nereo Ramírez. Aquí el segundo nombre es Nereo, es decir el padre también se llama de segundo nombre Nereo, de ahí el calificativo de los Nereos.

Aquí, frente a estos nombres, hoy día tan reales, como que son los nombres de nuestros abuelos y bisabuelos de los actuales nacidos en Porcuna, entre los que me encuentro.

Aquí no he dedicado varios capítulos, utilizando estos nombres, intercalados en ese murmullo, en esa colmena colectiva de voces y susurros y preocupaciones y pasiones encendidas unas y apagadas otras de nuestros recientes antepasados…

En otra entrada reproduciré parte de estas voces en off que son, cien años después las mismas de siempre: la voz llana del pueblo que tiene la razón, pese a que no se les siga escuchando, pero una voz, voces anónimas que no se resignan a contar lo que sienten, incluso para sí mismos, mientras esperan en una cola, o con el azadón están reclinados en el campo.

…Yo mismo, niño agricultor, he escuchado estas “retaílas” como salmos, murmullos… mientras se trabaja codo con codo con una de estas personas en el campo… al final entiendes la jerga y uno se mete en la novela oral de lo que cuentan… pura magia… mi necesidad de contar aparece cuando recuerdo estos instantes… y no quiero que lo que oí, o lo que me acabaron contando esas personas extraordinarias se pierda para siempre…

LOS ESCENARIOS DE LA NEREIDA (Crimen de los Nereos 1913)

20 Nov

Recorrer la ciudad de Porcuna es ya un regalo para la vista y las pisadas, de losas el suelo de piedra arenisca de su alma: las canteras.

Los ecos del pasado reciente de 1913 se agolpan en cada rincón como el Macondo, como Comala, pero se trata de un pueblo vivo que se resiste al olvido del pasado.

Los escenarios de la novela y los de las historia coinciden. Recorrerlos hoy día es necesario. Podríamos decir que la ruta de la Novela genera una ruta real, dispuesta para el que quiera caminar o dejar el coche y a intervalos visitar aquellos lugares mágicos, que siguen siéndolo, aunque los cortijos reclamen de sus dueños cemento y arena para repararles sus ruina y destrucción inminente.

Sobrecoge visitar la aún tierra calma, no ocupada por los olivos. LA sensación de soledad es aplastante. Es una tierra negra, cerca del propio pozo de la Teja, donde los guardias fueron encontrados uno moribundo y el otro muerte, casi quemados sus cuerpos porque parte de la paja del trigal ya segado ardió pudo que por acción del fuego de las escopetas, o de manera intencionada.

Son muchas las voces que he encontrado y sigo encontrando en este lugar. Algunos textos los he escrito directamente aquí, sentado en el suelo, sintiendo la tierra y el pasado…

Pozo de la Teja, medio día de 1913, los nereo llegan para beber agua. Han cazado un mochuelo, una perdiz y una liebre, pero la caza está prohibida…

El pozo mantiene su brocal, su agua dispuesta a ser tomada. Actualmente está cerrado pero en su momento se abría su amplia boca fresca, dispuesta a reflejar la cara de los Nereo, sedientos, a punto de volverse hacia el cortijo de Los borregos donde Antonio se quedaría  varios días y su hermano subiría al pueblo para pasar con su mujer los días de fiesta de Santa Ana .

Del pozo aún sale un sifón dispuesto para que el cortijo alto de San Pantaleón reciba agua.


El Cortijo de San Pantaleón principal es una amalgama gigantesca de cortijos de distintos dueños. Su estructura nos habla de una cantidad grande de personas que vivían de hecho con total seguridad fue una alquería medieval que a su vez pudo anteriormente constituirse en villae romana o elemento rural centro de control de producción de cereal que se dio en época imperial romana cuando las ciudades dejaron de tener importancia, tal y como ocurrió con Obulco a partir de los años 80 del s. I.C.  en favor de otras como Cordvba.

LA estructura ruinosa de todas las edificaciones reclamaría un estudio y planimetría antes de que todo se pierda, toda vez que un proyecto de consolidación arquitectónica. Si nuestro optimismo de progreso no nos hubiera comido. Si la ruina de nuestras vidas no hubiera arruinado también nuestro presente y el futuro, estos cortijos necesitarían un programa de ayudas a sus propietarios. De esta manera no se dejarían caer, o serían como lo están siendo derribados para evitar peligros innecesarios.

Haría falta un proyecto para no perder esta arquitectura cerealista y olivarera tan nuestra. CORTIJOS FACHADA-CORTIJOS MONUMENTO. donde sólo se conservara la fachada y su osamenta se consolidara, como memorias que no deben de perderse en el horizonte rural de Porcuna.)”

LA era de San PAntaléon,sobre el macizo elevado es un mirador bello donde los bailes y la fiesta de 1913 se desarrollaron, desde donde las eclosiones de las escopetas pusieron sobre aviso de la crónica anunciada de unas muertes oscuras. Por los balcones y las ventanas abandonadas un frío silencio es roto por el murmullo de las tórtolas, el vuelo rasante y vigoroso de los cernícalos comunes.

.

LA zona Torumada como se la conoce desde antiguo es cruzada por el arroyo del Tazonar que viaja desde San PAntaléon hacia el rio salado.

En su viaje el arroyo pasa por detrás de la Cortijada de Los borregos. En el cortijo de atrás, los hermanos Nereo trabajaban de guardas rurales, con sus escopetas reglamentarias y sus cédulas de identificación.

LA entrada del cortijo desde la N -306, antigua carretera nacional de córdoba-almería en 1913 tiene dos eucaliptos, uno de ellos arruinado, quemado, el otro plantado desde 1910 por el ayuntamiento en prevención del paludismo.

Su era tiene un encaje de bolillo, casi, caminar ysentir y contornear los cuatro cortijos arrimados el uno sobre el otro es una experiencia alucinante. Adentrase y sentarse frente a la chimenea de Los Nereo, cuando uno va solo da inseguridad y uno no puede más que salir y sentarse en el banco de piedra y sacar el portátil y escribir.

Aquí escribí la escena de Niceto cuando llega  a los borregos y trata de esclarecer el drama sin conseguirlo.

El último escenario importante de la historia lo encontramos en Cerro Abejúcar. Tras séis días recorriendo el término de Porcuna, escondiéndose Los Nereo, por miedo a ser encontrados por la Guardia Civil que los busca activamente, hacen llegar al Alcalde de Porcuna, Emilio Sebastián la necesidad de entregarse a él y no a la benemérita.

Emilio Sebastián en el coche de Pedro Funes recoge a los Nereo en Abejúcar y los lleva al Juzgado de Martos sanos y salvos por el momento.

La escena en la novela de la recogida de los ya casi reos de muerte la escribí desde aquí desde Cerro Abejúcar.

Cerro Abejúcar es una fortificación romana, con una estructura arquitectónica muy compleja. Fue estudiada por el Proyecto Porcuna en los años 80. Las múltiples estructuras arqueológicas, sirvieron para guarecerse a los hermanos.

El viento sopla fuerte, incluso en verano, un viento abrasador, el mismo que en pleno mes de agosto, sintieron los hermanos aterrorizados, sintiendo el peso atroz del destino adverso.

HECHOS HISTORICOS DEL CRIMEN DE LOS NEREO.

19 Nov

En 1913, Justo y Antonio trabajan como guardas rurales en una finca en torno al Cortijo de los Borregos, cerca de la Cortijada de San Pantaleón Término Municipal de Porcuna (Jaén)

El 28 de Julio de 1913 Antonio llega a los Borregos para tomar el relevo de
su hermano, al objeto de que aquellos días de fiesta local (Santiago, San Pantaleón y Santa Ana) los pase con su mujer en el pueblo.

— El sargento José Martínez Montilla y el Guardia Francisco Vivancos

Cánovas llegan a la Cortijada de San Pantaleón donde se celebra una fiesta a la que son invitados. De pronto se sienten unos disparos lejanos y alguien se queja de que estuvieran en época de prohibición cazando los nereo. Ante esto los guardias civiles salen al encuentro de los nereo, no sin antes haber sido disfrazados de agricultores al objeto de despistar a los cazadores furtivos.

Momentos después un fuego arrasa el rastrojo circundante y los asistentes a la “comilona” de San Pantaleón acuden a sofocarlo, encontrando al guardia muerto y al sargento herido de extrema gravedad.

La guardia civil busca en todo el término a los asesinos.

La búsqueda de los culpables durante seis días es infructuosa. Todo
cambia cuando el día 4 de Agosto, el alcalde de Porcuna, el liberal Emilio
Sebastián, entrega a los hermanos Nereo en el Juzgado de Martos. Ingresan ese mismo día en la Cárcel de Jaén.

El 25 de Noviembre de 1914 se celebra el Consejo de Guerra y el 22 de Febrero de 1915 el Boletín de
Justicia Militar publica la Sentencia del Consejo de Guerra Por el asesinato de una
pareja de la Guardia Civil. El fiscal pide dos penas de muerte que le son concedidas y
posteriormente ratificadas.

La respuesta social no se hace esperar. El 7 de junio de 1915 la opinión pública
responde, organizando este día una multitudinaria manifestación, en la que tomaron
parte todas las clases sociales. Son numerosas las comisiones de políticos y periódicos de la época que publican a favor del perdón.

— Niceto Alcalá Zamora, en estos momentos es Diputado a Cortes por la

Carolina en Madrid, de la mano de Romanones. Abogado de prestigio, nacido en
Priego de Córdoba, está muy interesado en el caso. No ha podido defenderlos por
hacerlo un abogado militar.

— El 13 de Julio de 1915 el abogado y periodista José Fernández Cancela publica en

El Imparcial un artículo, producto de una entrevista en la cárcel de Jaén a los encausados.

— El 13 de Agosto de 1915 El imparcial publica numerosas adhesiones de paisanos de

Porcuna que también hará el 14 y el 15 bajo el título: Adhesiones desde Porcuna (unas 1.500 aproximadamente)

— El 28 de Septiembre de 1915 Niceto se entrevista en Jaén con Justo y Antonio y consigue

que éste se autoinculpe de las dos muertes.

— El día 29 de Septiembre de 1915 Niceto Alcalá aborda en plena estación de tren de

Atocha al rey Alfonso XIII que volvía de sus vacaciones estivales en San Sebastian y le pide
audiencia. Al día siguiente se reúnen Eduardo Dato, Niceto y Alfonso XIII que piden al
Ministro de la Guerra, el general Echagüe la conmutación de la pena capital.

— El 30 de Septiembre de 1915 se cumple la sentencia en la cárcel provincial de Jaén.

Este mismo día en Jaén, por expreso deseo de los periodistas, no sale ningún periódico, solo un pasquín: La tragedia de Jaén:
“Consumatum Est”  :
Esta mañana a las 8´30 horas ha sido ejecutado el menor de los hermanos Nereo, Antonio Ramírez. …/… todo ha fracasado…/…¿Han quedado salvados por esto los prestigios de la Guardia
Civil?…/… nada de eso se ha conseguido…/… ¡ Y sin embargo se ha aniquilado una existencia humana¡

EL POR QUÉ DE “LA NEREIDA”

19 Nov

Cuando accedí por primera vez a la historia de los Nereos de Porcuna era 1994 y el actual Cronista Oficial de Porcuna, Antonio Recuerda Burgos me contó aquel hecho que movilizó a la opinión pública española de 1913.

 

Nació así otra historia: la literaria. Fueron numerosos los apuntes, recortes y libretas que llené con la articulación literaria del crimen de los Nereo. A lo largo de estos años siempre hemos intentado llegar más en la investigación histórica pero parte de la documentación, sobre todo centrada en los documentos de las dos sentencias de muerte no podía disponer de ellos.

Sólo hace unos años las dos sentencias y el resto de la documentación proveniente, sobre todo de la Hemeroteca Nacional, a través de la Biblioteca Nacional han podido, obtenerse.

A partir de 1910 el trabajo de dos investigadores: Alberto Gay Heredia y Antonio Recuerda Burgos ha sido primordial.

A ellos y su trabajo de investigación y de difusión a través de sus webs respectivas hemos conocido la historia de los Nereos.

Desde aquí reconozco que sin ellos esta novela, que intenta ordenar literariamente, que no histórica ni jurídicamente esta historia, no  podría haberla escrito, además con la rapidez que me daban mis cuadernos antiguos.

He visitado todos los lugares donde esta historia se desarrolla, he intentado sentirlos, mirarlos, para devolverlos hechos palabras, sobre todo ese bellísimo término Municipal de la Ciudad de Porcuna.

Por eso la historia que cuenta la novela, además de la muerte de los dos guardiasciviles por los nereos en defensa propia”, es la historia de una tragedia humana:

– La que estaba viviendo España en la época de la Restauración Borbónica.

– La intra-historia de los hechos a los que nunca llegaremos a la verdad absoluta.

– La historia de la huida durante unos días de los Nereo por el término municipal de Porcuna. Por tanto esa huida la he llamado LA NEREIDA, como la ENEIDA es la historia de Eneas o LA ODISEA es la historia de Odiseo.

– Pero también LA NEREIDA  es para mí esa mujer, pintada por Julio Romero de Torres en el Mural de la Iglesia Parroquial de Porcuna : la Sagrada Familia, Aquella mujer “modelo real”, que muchos vieron con malos ojos al inaugurarse la Iglesia  en 1910 y que pudo ser motivo de que los murales, en vida de Julio, fueran tapados.

Esta parte de la historia es real. Lo que no es real es lo que introduzco en la historia cuando hablo del enamoramiento de Justo, uno de los Hermanos Nereo por Elena, la muchacha pintada por Julio. Por tanto LA NEREIDA puede interpretarse como la novia del nereo chico : Justo.

Es esto por lo que la portada de la novela tiene la reproducción de la pintura de Julio Romero de Torres.

Finalmente confesar que me sigue esta historia apasionando y creo que de ella pueden salir un libro de historia y además una tesis doctoral de algún doctorando de derecho que investigue. Por tanto animo a los historiadores y juristas para que trabajen pues creo que casi toda la documentación ya está disponible, cosa que hace años no.

 

Aside

CAPITULOS 2 Y 3 DE LA NEREIDA.

15 Nov

Separata de la novela LA NEREIDA
CAPITULOS 2 Y 3.

© Luis Emilio Vallejo Delgado.

LIBRO SEGUNDO
__________________
“Callaron todos, puestos a escuchar con profunda
atención, y en seguida el gran caudillo Eneas habló así
desde su alto lecho: “

(Eneida, libro segundo, Virgilio)

Image

Porcuna (Jaén), 26 Julio día de Santa Ana.1913

Océano, ordena a tus hijos los Nereos que no visiten este día la morada
de su madre Dóride, que las aguas subterráneas de los manantiales
y los pozos se han vuelto contra ellos, que no sepan, ¡OH sal de los
mares!, que hay un veneno en cada plácida jarra del agua fresca de los
arroyos, que en esta tierra de trigales y sombras antiguas de olivares,
vuestros mismos abuelos, el Cielo y la Tierra, van a mirar cómo caéis,
y tú Océano, solemne anciano barbudo, sentado sobre las olas, junto a
un monstruo marino, derramando agua de una urna, somete tu fuerza
lejana de esta costa antigua de olas petrificadas en canteras de dura
piedra, trabajada con ahínco por ciegos canteros, que lloran el tiempo
en el que las caracolas, en el seno de la piedra, vivían el mundo, sin
saber que serían encontradas ocultas y petrificadas sus almas.

26 de Julio, Santa Ana, con su niña al regazo, sobre la hornacina de
piedra y molduras finas de negra madera de ciprés. D. Ramón Anguita
Palacio con la casulla dorada, enmarcado por el arco ojival de piedra,
eleva la mirada y la pierde entre las vigas de la única nave de la Iglesia
de Santa Ana, sin saber aún que han acudido y esperan en confesión
doña María Muñoz Córdoba, su hijo Antonio y su Marido
Antonio Ramírez Ortega por la salvación de su hija Amalia, en cama
tullida por el dolor, llegada en el tren de Madrid a Villa del Río y traslada
a lomos de su única mula el mes pasado.

Don Ramón ordena el trono de la Virgen Niña y dirige con el dedo
pulgar al monaguillo Francisco Casado Burgos para que aproxime aún
más al altar de piedra las macetas de aspidistras por no haber en el
pueblo flor alguna que resista los días de calor acostumbrados, sólo
los jazmines hacia las nueve menos cuarto de la tarde calurosa parecen
iniciar una danza de desprendimiento, dispuestos hacia las diez y media
en su mesita de noche por doña Eufemia, la anciana criada de la
Parroquia, para ahuyentar a los mosquitos, primorosamente sobre un
plato blanco y azul de cerámica granadina.

Don Ramón preparando la fiesta de la Virgen Niña, con el olor recién
del agua sobre las losetas de barro de la Iglesia que elevan aún
más la sensación de bochorno húmedo pero que en la negrura de los
gruesos muros parecen aliviar la falta de agua de los últimos años,
aquel trigo raquítico y bajo, aquel verano sin garbanzos, ni lentejas,
los melones aquellos como huevos grandes sin jugo al lado de los
arroyos secos sembrados, acamados primorosamente pero sin humedad,
cochos, dispuestos a ser comidos como pepinos con el bollo de
pan rebanado por la navaja, agujereado, llena su poza con aceite y el
pepino que es melón con sal, picoteados por las perdices hambrientas,
ahuecado por los grillos con saña, aprovechado su parte buena y con
sal, dulce como el membrillo si se pone un trozo de tomate de la huerta
del Bélez bien ácido, escociendo las encías como nada, curando
puede sus pocos dientes que aún se mantienen sobre sus cajas doradas.

Recordó al padre Tarín, hacía apenas cinco años, ese mismo día,
bajo la talla de Santa Ana, con sus ojos dorados, sus lágrimas, su capacidad
para el sacrificio, viendo por última vez, visitando las obras
de la ya rehecha Iglesia Parroquial, la alta pintura sobre el ábside central
de la Virgen subiendo al cielo, saliendo de su caja, derramando
flores sobre una muchedumbre dormida, San Pedro, los otros tantos
padres de la Iglesia de pie, las Santas Mujeres y un coro de ángeles.

Recordó entonces al intrépido Julio mientras subía y bajaba de los andamios
riendo con el miedo que a él le infundían las alturas, aquellos
ángeles desnudos sobre el ojo semiabierto del ábside, aquella Virgen
levitando hacia un cielo estelar. El padre Tarín, mientras rezaba frente
a la talla de Santa Ana y D. Ramón Anguita tras él, para ayudar a levantarlo,
con la mente puesta en sus palabras que ya no salían con el
aliento suficiente de su boca, dispuesto aquella tarde de aquel 17 de
Septiembre de 1910, frente a San Benito y la Virgen de Alharilla, venida
desde su ermita para la inauguración, en plena Plaza Mayor abarrotada
por miles de personas, leer por él aquellas palabras de despedida
que no fueron más que un adiós al mundo de quién había luchado
tanto por aquella Iglesia-catedral, tras levantar con la fuerza increíble
de su pasada oratoria, esos pesados sillares de la piedra dorada de Porcuna,
su milagro.

El Párroco don Ramón obnubilado, ciego, el niño monaguillo Francisco
con la voz núbil haciéndole patente que no estaban solos, que
había llegado doña María con su hijo y marido, agazapados con las
manos y los sombreros recogidos y sumisos y doña María con los ojos
muy fijos en la Virgen y don Ramón organizándolo todo para que dentro
de una hora aquella iglesia se llenara para la novena a la Virgen
Niña, la casulla puesta con aquellas mangas enormes finamente hiladas
por las encajeras de bolillo del barrio de San Benito. Don Ramón
finalmente girando su torso, doblando hacia dentro las amplias mangas
primorosamente acanaladas intentando no mancharlas contra las
paredes al pasar por el lateral de la iglesia hacia el confesionario, elevando
su palma derecha y batiéndola al aire sin hablar, haciendo moverse
hacia el confesionario a los tres feligreses que sufren la lenta
agonía de Amalia, mientras su mente viaja por los preparativos del día
siguiente cuando temprano irán a recogerlo por ser el día de San Pantaleón
y tendrá que ir a la cortijada más que nada por perpetuar la
manda que desde el año de 1760, la Marquesa de Isla Fernández, dueña
del “Haza del Santo”, Cortijo de San Pantaleón, que vivió en la casa
nº. 19 de la Calle del Real de Porcuna, había instituido para el Oratorio
del Santo en su día, una misa cantada y sermón a perpetuidad, y
para el sostenimiento del culto, una fundación de misas con cargo a
una tierra señalada por ella que es el haza del Santo. Pero también era
verdad que el Oratorio había desaparecido hacía cien años cuando debido
a los desastres ocasionados por el terremoto de Lisboa las pocas
piedras que no cayeron entonces, lo fueron haciendo a lo largo casi de
más de sesenta años, como también lo hizo la Iglesia Mayor de Santa
María de Porcuna a las diez de la mañana del día 4 de Enero de 1872,
tras un fuerte crujido, a la hora de la Comunión administrada por su
Párroco, don Lucio José Martín de Lucía, cayó en tierra una columna
maestra, arrastrando en pos cuatro bóvedas con los arcos de mampostería
sobre la que descansaban, quedando media iglesia derruida, sin
que ningún fiel a esa hora sufriera daño alguno, sólo la sensación agónica
de don Lucio de haber presenciado el fin del mundo.

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El oratorio se había caído, como gran parte de la cortijada de arriba,
la de la era más grande, la propia bajo la advocación del Santo y al
igual que la otra lejana de San Pedro de la Hinojosa con su desaparecida
congregación de monjes, todos enterrados en criptas, y tantas
otras y la talla en madera estofada de San Pantaleón fue trasladada
hasta la Parroquia y luego, tras la ruina de ésta, en la Iglesia de Santa
Ana. Y allí estaba desde hacía casi medio siglo, junto a la Virgen Niña,
al otro lado de la nave junto a la hornacina que en sí era la única ventana
tapidada que daba al inicio de la cuesta de la calle Santa Ana y
hacía esquina con la plaza de San Benito.

Pero cómo negar a los Ruibérriz el don de aquella festividad,
año tras año en San Pantaleón, reducida la celebración el día 27 a un
Vía Crucis alrededor del Cortijo grande, visita al reconstruido Oratorio
en una de las cuadras sin uso, y una sucinta bendición y antes de
las doce una misa en la era del cortijo del pozo de La Teja, Vilano Alto,
tras la cual la comida abundante y la música del acordeón viajaba
por las suaves lomas pajizas y otras negras quemadas ya tras el mes de
segado y trilla y rebusca. Pero para entonces; es decir hacia las cuatro,
ya él estaría subiendo por la vereda de La Tejera, coronando su mula
la meseta de San Marcos, donde comería algo de las abultadas alforjas
y descansaría en la Ermita, a las puertas de la misma ciudad, con una
siesta de rigor, sobre uno de los bancos de madera con las puertas
entreabiertas para la ventilación, antes de alcanzar su casa sobre la Sacristía
de la Parroquia.

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LIBRO TERCERO
__________________
“Cumplida la voluntad de los dioses de derruir el imperio
de Asia y agobiar a la casa de Príamo con una
desgracia inmerecida; caída la soberbia de Ilión y toda
Troya, la ciudad quedó reducida a humeantes escombros,
resolvimos, por los agüeros de los dioses, buscar
distintos destierros y regiones ignoradas, a cuyo fin
construimos una flota de barcos en el pueblo de Antandro,
al pie de los montes del frigio Ida, sin que pudiéramos
saber a dónde nos conducirían los hados, dónde
nos sería dado encontrar un refugio.”

(La Eneida, libro tercero, Virgilio)

Porcuna (Jaén), 27 de julio de 1913

mapa del término municipal de Porcuna(Jaén) con caminos y lugares en los que se desarrolla la novela y el hecho real.

Amanece tan temprano que a veces la vida se ríe de uno mismo, a
veces la vida no deja que alguien duerma o que alguien sonría. Su madre
a esas horas de las cinco de la mañana salió al corral común alrededor
del cual la casa vecinal se ordenaba, llenó de nuevo el cántaro
pequeño del pozo con la lata oxidada de la farmacia de doña Leopoldina
con la policromía quemada por la herrumbre, con el alambre bien
retorcido y la soga húmeda al izar el líquido desde la pequeña oquedad
del pozo estrecho, brillando levemente antes de derramarse casi por
completo y convertirse en fuente por sus agujeros de herrumbre vencida.
María Muñoz volvía con el cántaro pequeño para aliviar la venida
del día tras la noche sedienta en los labios febriles de su hija Amalia,
una noche de cataplasmas húmedas forradas de jugo de cebolla y pulpa
de cardo borriquero machacado, de infusiones de eucalipto enfriadas
al relente de la noche aterradora frente a la única ventana del dormitorio
de su hija, viendo reflejarse toda la noche aquellas estrellas
fugaces que como lluvia tapaban el firmamento de sus ojos vidriosos
que ya nunca se cerraban ni para dormir, esperando el milagro de la
muerte.

Su madre llamándolo desde abajo por el hueco de la escalera,
Antonio baja y apareja la mula que te vas, que luego se te va a echar
el día encima y se tiene que venir Justo en cuanto el calor deje de
apretar, anda baja y no seas camastrón”, Antonio sentado en la cama
en calzoncillos, pensando, con las palabras de los labios de don Ramón,
aquellas palabras extrañas esa última tarde, la oscuridad, sin
contenido.

Aquel señor Párroco le habló del perdón de los pecados de su hermana,
de los Santos del cielo que en todo momento nos protegen de lo
peor, de la vida que hay que tomarla como un regalo, que el que va
más allá de la muerte es capaz de conocer la vida eterna.
Palabras que no entendía, mientras aquella cadencia cansada de don
Ramón se le hacía pura nada, un nudo muy grande sobre su garganta
sin saber qué decir, ni luego qué rezar cuando la absolución entró
grande sobre su mente de niño crecido de pronto, entre el gran rumor
de la novena, la iglesia llena hasta la puerta, el acto lento de las palabras
aún más difíciles de don Ramón en otra lengua aún más musical
recitando los evangelios de espaldas a ellos, mirando el arco ojival
apuntado aquel, arrodillado, arrodillados todos, plegarias a la madre
de Dios, a la madre de Jesús que por él, por su hijo se sacrificó, que lo
vio morir tan joven, como su hermana Amalia de 36 años, en la flor de
la vida, de larga agonía, recién llegada de la casa de Niceto de Madrid,
tras visitar al doctor aquel que la había abandonado a su suerte y mandado
de vuelta con mi madre la pobre vieja ya sin fuerza ni para sostener
el dolor de sí misma.

Recordaba la mirada del Sr. Párroco a través de la ventana lateral
del confesionario mientras le preguntaba por su experiencia con el
demonio y los malos pensamientos, mientras esperaba una respuesta
de él que no llegaba, no le había dado tiempo de saber no más que él
era un recién llegado, un nuevo en este pueblo, de su nuevo destierro,
las fatigas de su familia desde que el señorito se fue a Madrid y don
Manuel su padre los mandara al pueblo otra vez a Almedinilla donde
no había futuro, sólo en la Ginesa había sido feliz, allí con todos aquellos
seres extraordinarios, tantos años allí acostumbrado a la sierra
aquella alta y perdida entre olivos centenarios, la soledad del cortijo,
preparados siempre para las visitas de don Manuel a caballo, con su
barba de otro tiempo y sus impertinentes en el bolsillo graciosamente
colocados mientras leía el periódico a la sombra de la parra de la entrada
de cortijeros por la parte de atrás de la casona, el señorito Niceto
con su júbilo otra vez llegando a caballo sin avisar, bromeando como
un cachorro más durante aquellos primeros años del siglo, con su joven
mujer tan asustada con todo lo del campo.

Recordó que había olvidado decir, pero cómo iba a hacerlo; decirle
al Sr. Párroco que él no había pecado nunca, que él tan solo había navegado
por sus años intentando alejarse de todo mal, pero que ese
mismo que ve ahora no creía en el perdón porque el mal no debe de
ser perdonado sino aplacado, aplacados los malos hombres que mandan
a otros a hacer el trabajo que ellos dicen que tienen que hacer los
otros, porque aquellos hombres no eran dignos y los otros tan solo podrían
librarse de ellos siendo como ellos y demostrando que son mejores
que ellos y no más, que el ser debe de ser libre y que nadie tiene el
secreto de la verdad, siquiera Dios mismo, aunque lo viera todo, pero
la verdad es que tendría a fin de cuentas que mirar para otro lado para
no disgustarse, porque si no mandaría rayos sobre aquellos mismos
que dicen sirven o sobre la injusticia que predican, porque el hombre
nace desnudo y son los actos de los demás los que lo visten de inmundicia
y que el nuevo siglo tan solo nos ha traído lo mismo de lo mismo,
solo que hay muchos cada vez más que piensan que todo esto hay
que aparejarlo de otra manera y se asocian y saben que tarde y temprano
esto se va a organizar de otra manera pero desde abajo, no desde
el cielo sino desde el mismo barbecho mismo en que el que se arrodilla
porque no puede seguir más segando y mira sus manos y el hambre
de sus hijos otro año más, encontrará la solución al problema, eso es
todo, eso le hubiera gustado decirle al Sr. Anguita, pero lo único que
hubiera ocasionado es poner aún peor la cosas y puede que ni siquiera
hubiera podido hilar sus pensamientos, porque es muy fácil hablar
consigo mismo uno, pero luego las palabras no salen de la lengua y
escuecen y las frases no se terminan y aquel hombre tan leído y capaz
lo hubiera tomado como una mala persona y entonces es cuando todo
el peso de Dios en la tierra lo hubiera aplastado a él y a su hermana y
a toda su familia y no tendrían más remedio otra vez que buscar otros
familiares en otro pueblo que lo acogieran y ya estaban muy viejos y
machacados sus padres para soportar un nuevo viaje a no se sabe donde.
Recogió la mula del pesebre, acarició su cuello mientras parecía
seguir dormida, le echó la paja y la mezcló con un poco de grano, salió
por el cubo de agua, izó la mirada y vio sobre el alfeizar el rostro
de su madre contemplándolo callada, quieta, volvió a la cuadra le echó
la cincha a la mula, la sobre albarda, le puso la jáquima, las anteojeras,
le subió el rabo para meterle la correa, le dio unas palmadas sobre las
costillas para que acabara de comer, le acercó el agua que lentamente
olfateó, metiendo los labios carnosos, cerrando los dientes y bebió a
largos golpes de garganta, un profundo sonido lejano hacia su vientre,
un eructo, un soplar alegre, las orejas tiesas, su mirada negra a uno y
otro lado de sus ojos opuestos, su “arre muúulaa”, del cabestro obligándola
al corral por la puerta común del patio de vecinos saliendo
lento, con cuidado de que no tropezara o pusiera mal las patas al pasar
por el escalón de piedra del enorme dintel de la galería de salida, la
calle Santa Ana empedrada, brillando o buscando el primer sol
desesperadamente de las cinco y media en el horizonte a ras sobre la cúpula
retorcida de la iglesia Parroquial, un manto gris que de pronto baja y
convierte en oro todo lo que “pilla” a su paso sobre las piedras ocres
del pueblo; el azul y luego el naranja de la cal reflejando la primera
oscilación del día, la plaza de San Benito en tinieblas naranjas, el camino
de San Marcos bajando urgente hacia la Ermita, encendiéndose
lentamente como la única bombilla de su casa, hasta alcanzar el matiz
rojizo y las sombras azules del que se sube a la mula huesuda y reseca
y le aprieta con las piernas el pectoral y le da con el talón para animar
al animal que responde, va respondiendo, hacia el cortijo Los Borregos
en busca de su hermano, con el que se turna de guarda rural, para
que los próximos dos días festivos los pase con su mujer en el pueblo.

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28 Julio de 1913
(Recorte de periódico)
Agresión a la Guardia Civil
Telegramas oficiales
Sargento herido y guardia muerto
Porcuna 28 (5,10 t.)

Jefe de línea Guarda Civil a Ministro Gobernación:

Según me comunica en este momento el paisano Ángel Ruiz de
Adana Torres acaba de ver en el sitio llamado Capada de la Teja,
del término de esta, al sargento Antonio Granados Cruz y al
guardia Francisco Vivancos Cánovas Ravent, el primero, herido.
Y el segundo, muerto. Se cree sean autores unos cazadores, por
encontrarse cerca de los cuerpos de la citada pareja dos morrales
de los propios para cazar.
Salgo con fuerza para dicho punto, con el fin de instruir diligencias
urgentes y, detener a los criminales.

Ángel Ruiz de Adana Torres llegó corriendo por la calle del cementerio
antiguo, por la parte de atrás de la nueva iglesia Parroquial, pues
había dejado la yegua atada a la iglesia de San Juan, en la plaza del
mismo nombre, subía ya después de haber vomitado la comida larga
de aquel día dos veces y no le quedaba nada de bilis en el estómago,
“asiesque” que cuando le abrieron la puerta de la casa del Jefe de línea
de la Guardia Civil, justo junto a la sacristía de la Iglesia Parroquial, la
mujer del Jefe de Línea, doña Leonor, que se mecía al calor de la siesta
larga, mientras los tres toques de los cuartos para las seis daban en
el reloj del Ayuntamiento, abrió sofocada pues desde la cocina de la
casa al fondo de la misma, hasta la puerta de la calle, distaban buenos
pasos, arrastrando sus zapatillas de esparto fresco, y acostumbrada
como estaba a conocer por los toques del llamador de bronce la urgencia
del caso, fue de camino aporreando al pasar las puertas abatidas
donde el Jefe de Línea echaba una larga siesta, tras un día oficial que
hubo empezado bien temprano debido a la festividad y al reparto de
guardias respectivos por las distintas zonas conflictivas del término de
todos sabidas.

Por esto mismo, cuando abrió doña Leonor, ya su marido se subía
los tirantes sin camisa y arrastraba los pies por el largo pasillo de la
casa, enlosado y fresquito. Sobre la raja cruel de la luz del sol de
aquella hora pudo ver el perfil derramado de Ángel Ruiz, ingresando
en el suelo, acuclillado, sin poder hablar, con la cara de loco y con la
enorme baba cuajada desde su boca hacia el cuello, la camisa blanca
con restos de comida de distintas tonalidades y sus manos contorneándose
alrededor de su cuerpo. Suelo y pared de los que quería desprenderse,
para alzarse y poder hablar con claridad. Pero su mirada, su hora
y media de caminata, la lentitud con que subía al pueblo con la yegua,
el horror, la prisa por hacerse llegar, la enorme cuesta, el sol de
frente por sus cejas peludas trenzándose, desplazándose torpe, sin querer
asirse a doña Leonor, mirando a su marido, acercarse, cogerlo,
tumbarlo sobre el sillón, darle agua para que se lubricara el gaznate
con el porrón chato de barro muy amarillo, deliciosamente curado con
anís de Rute, sus palabras, sus hechos, los movimientos de sus manos
electrificadas por el agotamiento mientras el Jefe de Línea se vestía y
se ponía la guerrera y las correas y el tricornio y llamaba para que le
ensillasen el caballo y salía por la puerta misma montado hacia el
puesto del telegrafista y buscaba a los guardias que descansaban y llegaba
a la casa del Alcalde y se hacía rodear de los cuatro guardias de
refresco y daba órdenes de que a los demás se les avisara lo antes posible
para que se volvieran de sus respectivas posiciones en el término,
y que fueran en su ayuda a San Pantaleón.

Fiesta, caza y muerte
I
El niño Francisco Casado recogía la pelota cuando se salía por el
lindón de detrás de la era. Regresaba risueño, encandilado por aquel
ser tan perfecto, y la devolvía a la señá Engracia que otra vez la lanzaba
a Elvira, emitiendo un sonido ahogado y seco, sin que aquella acertara
a recibirla. Los guijarros de la era clavados sin orden ni concierto
volvían loco al caucho duro que como proyectil endemoniado respondía
botando con direcciones arbitrarias. Y toda la magia de la alegría
surgía cuando aquel balón traído de Madrid por el Sr. párroco don
Ramón para regalo de su sobrina Elvira bajaba la cuesta de San Pantaleón
camino de lo que fue Capilla y el niño Francisco corría y tardaba
en aparecer con aquel artefacto perfecto y maravilloso, encandilado y
nervioso otra vez.

Luego irían a llenar la cantimplora, pero por ahora esperaban en el
arroyo agazapados, observaban lentos el rastro de un grupo de perdices
nuevas a la sombra de la clara de unas estaquitas plantadas hace
cinco años, débiles, con tres patas, zancudas y solitarias sobre el rincón
húmedo del arroyo, olivos infantiles levitando sobre el macizo
suave de repechos amarillos y negros quemados, la zona Torumada
como se la conocía desde antiguo, desde que fue alquería en plena
edad media, ese conjunto de cortijos alrededor de la nebulosa desértica
del verano, los rastros de la primavera verde de los trigos y cebadas
como un anticipo apagado del otoño que vendría, y la lluvia, la ausente
agua desde hacía cinco años, sin consuelo sobre ellos, sobre las perdices
buscando los frescos suelos, el sol impertérrito, cruzando sus
pupilas como el oro brillando en la noche a la luz de los candiles, el
oro de los dientes, la sonrisa trágica de la espera, el sabor dulce de las
pechugas de las perdices con vino de Montilla cocinadas por su madre,
removidas por la cuchara de palo de olivo alrededor de la cazuela
hasta ser tiernas masas de carne alrededor de leves huesecillos hilvanados
por la lengua que recorre el sabor del hinojo y el aceite de oliva,
esencias todas dispuestas para saciar el hambre del que imagina, la
comida lejana, la que será posible, quizás con suerte de la caza, del
acecho, de las miradas aviesas de los hermanos Nereos como felinos,
sus leves figuras con las sombras redondas de las doce y media del
verano, los cuerpos inquietos de las perdices jóvenes sin el rojo carmín
aún de sus picos y la órbita de sus ojos, pardas, de patas amarillas
aún sin la majestuosidad del macho reclamando las hembras jóvenes
de la manada del invierno pasado.

Miraban sin ser vistos, con la urgencia de todas las madrugadas,
también esa misma, porque Justo tendría que volver a Porcuna de
vuelta y él, Antonio aguardaría los tres días de fiesta, Santa Ana, Santiago…,
y San Pantaleón…,la vuelta de nuevo de su hermano, con la
mirada aún más perdida, pero felina, con el nuevo hambre de caza y
de soledad, tras visitar a su mujer en su casa del pueblo, cansado de
gentes y de bullas y de casa y de familia buscando con deseo el cortijo
de Los Borregos otra vez, contra el quicio de las tapias de atrás, bajo
la higuera.

Miraron la banda de perdices y allí se quedaron.
El niño Francisco Casado Burgos los vio venir, pero, en el mismo
instante, a esos otros también, con sus caballos desenfrenados por el
barbecho al fondo del arroyo, antes de cruzarlo torpemente. El niño
Francisco vio con horror brillar la escopeta de Antonio sobre el brocal
del pozo, brillar negra y opaca, el sudor de los camisas mojadas por el
agua y luego el chasquido, ese sudor antiguo y amarillo, rancio , impermeable,
que no mojaba la tela manchada alrededor del cuello, la
zona de los sobacos y la espalda por donde la columna vertebral marca
el tronco de los hermanos agachados refrescándose ruidosos y lindos
sobre su alegría, aquel día del calor apagado sobre la ceniza de sus
vidas.

Y luego perdió de vista el borde del pozo La Teja y el arroyo y el
camino de Bujalance y subió de nuevo a San Pantaleón donde el jolgorio
expectante de la comilona tomaba su último destino obligado, y
la “señá” Condesa doña Engracia, y los señores de Ruibérriz de Torres
y los Valdivia rodeándose de aquella masa de cortijeros invitados del
cortijo La Solana, Juan Fernández Domínguez y su mujer Amalia Espíritu
Santos, su hijo Alberto y su perro Anso, vestidos de domingo
con sus chaquetas blancas, sus pantalones de pana y sus sombreros
cordobeses, el pañuelo blanco de la señora, el perro bodeguero danzando
divertido buscando un rastro. Los amos del cortijo Román, Juan
Álvarez Ruiz y sus dos hermanas Ana y Felipa con sus largas faldas
marrones, sus corpiños negros y sus pañuelos blancos contra el sol del
mediodía, los caseros del cortijo de Las Capellanías, de Cañete de las
Torres, retraídos por no conocer bien, recién llegados como quien dice
hace unos meses, tras la muerte de la última habitante del cortijo la
señora Amalia Rodríguez Ayuso, sin descendencia, viuda de Antonio
Horcas Jiménez. Del cortijo Las Maderas abajo cerca muy cerca contra
la carretera de Córdoba, Juan Quero y su mujer e hijos todos pequeños
y de número indefinido entremezclados con todos, y los señores
de Barrionuevo, desde Porcuna venidos del cortijo Marchante que
solían residir con los cortijeros el mes de julio después mucho después
de la siega y el acarreo de los sacos de trigo y la paja a su casa en la
calle Huesa nº 17, y los melones y las sandías, y una buena manada de
pavos blancos gigantes que en la feria de septiembre serían vendidos
para la pepitoria fina de la fiesta, mientras sus cortijeros terminaban de
cebar los cuatro cerdos de todos los años, ajusticiados en la misma
Porcuna después de traerlos despacio con cuidado de que no les diera
un mal del corazón, ser colgados los cuatro de los clavos grandes contra
las paredes de la cuadra del fondo de su casa en la calle Torrubia. Y
los dueños también del cortijo Beteta sobre el cerro Beleta alto pero
sin vistas a la ciudad, oteando el horizonte inmenso de los llanos de
Lopera y el final del hilo profundo del río Salado, buscando urgente el
Guadalquivir en Villa del Río, y algunos habitantes más del cortijo La
Cagarruta, cortijo Vilano Alto y Vilano Bajo pegados casi al principio
de la cuesta pa San Pantaleón, y hasta de los cortijos de Pozozú, Román
y de la Solana, mientras el acordeón de Benito el “afilaor” pululaba
alegre y las bandurrias de Casto y de Bernardo se alejaban o
acercaban cuando la concurrencia lo requería y se perdían el uno con
la melodía y el ritmo del otro y formaban corros lejanos y luego se
unían y daban un pasodoble y luego la agitada danza oriunda, serrana,
mientras las mujeres frente a los hombres, con las manos en alto, saltaban
con uno u otro pie y subían el talón de Aquiles y los hombres,
inmóviles, sobre el tablero de la era miraban al fondo y eran recorridos
a leves trotes por las mujeres que los circundaban de un lado para
otro y las castañuelas chocaban entonces con más fuerza que nunca y
en el discurrir de la melodía, cada vez más veloz de ellas alrededor de
ellos que comenzaban a girar sobre sí mismos y palmeaban al aire sus
manos elevadas en lo alto sobre sus cabezas, hasta que la velocidad y
el giro a derecha de los hombres y a izquierda de ellas resumía ese
microcosmos donde los planetas poseían a los satélites en la nebulosa del
verano girando entre sí los mundos, el orden impuesto por la vida de
los cortijos; y cesaba de pronto la música y en el éxtasis los músicos,
los danzantes, los a corro dispuestos alrededor del empedrado de la
era, quedaban vencidos unos segundos; esos por donde el mundo parecía
detenerse o morir para proseguir amorfo luego y descompuesto
cuando los que bailaban rompían filas y buscaban el agua y el vino y
la comida; y el sonido de las batallas de nuevo se estrellaba contra los
quicios de todos los cortijos, que parecían orientar sus fachadas contra
esta solemne de la era grande de San Pantaleón.

Entonces recordaron que los guardias se habían ido disfrazados y
mareaos con la yegua y el caballo para cazar a los cazadores, para darles
un escarmiento. Parecieron recordar de pronto que los guardias
hacía un buen rato que se fueron y no daban señales, que aquel jolgorio
aquella danza catártica los había metido dentro de su elipse de
truenos musicales. Recordaron que los guardias se hicieron de rogar,
que el mismo señor Ruibérriz de Torres tuvo que en cierto modo
arrancarlos de la fiesta, quitarles los vasos de vino de las gargantas,
dejarles la boca llena de cordero hasta que se tragaron el “mascajo”
mientras se les hacía difícil decir no al caso, dejar para otro día más
propicio bajar en busca otra vez de los dichosos Nereos, “…si ya los
habían pillao varias veces en los últimos años, si no sabían qué podrían
hacer más que meterle una paliza en el cuartel, si no tenían
miedo de nadie”. El señor Ruibérriz divertido con Frasco Jiménez y
Antonio Rodríguez, y ellos con las blusas blancas y los sombreros
grandes de paja y ensillando la yegua torda y el caballo blanco del carro,
buscando las albarcas para el sargento y el guardia, mientras los
montaban como payasos sobre los animales y les daban las riendas y
les metían el fusil al sargento en una manta enrollado con unas cuerdas
y la pistola al guardia, y con risas una “manotá” en el culo de las
bestias “y buena caza que tengáis buena caza” y todos desde la era
saludando y hasta las mujeres se quitaron el pañuelo y lo agitaron y
los vocearon y el Sargento José Martínez Montilla y el Guardia Francisco
Vivancos Cánovas bajando hacia el pozo la teja con mala leche
de aquel destino tan tonto por complacer a los presentes con aquella
“payá” de teatro gracioso, pero sin duda estaba bien “pensao”, no se lo
iban a esperar, se iban a cagar vivos los Nereos, como conejos los iban
a coger de las orejas, se los llevarían a los de San Pantaleón, el
Antonio no iba a tener más ganas de correr detrás de Elena más, ni
acercarse a diez kilómetros, vamos que va a tenerse que cambiar de
pueblo. Vamos Vivancos vete por la vereda que yo me llego por el cortijo
Morente y así los envolvemos.

Y todos con la danza se habían olvidado hasta que la sed les volvió
tras el cuerpo y pensaron en colectivo o uno por uno, pero no dijeron
nada, hasta que el humo de algodón les subió como una nube sobre el
quicio de Las Calderas, pero más cerca, aún más cerca de ellos, el color
del último trozo de la siega sin quemarse, contra el arroyo de San
Pantaleón, aproximándose a ellos, sin aire, un humo sólido. Fue entonces
cuando el niño Francisco llegó corriendo y al señor Ruibérriz le
gritó:
—Los he visto a los cuatro por su lado pero casi juntos sin saber
que estaban juntos muy juntos y cada uno por su lado. – El niño Francisco
mientras chillaba de horror, como casi cien años después siguió
gritando mientras a sus noventa y seis. sentado con la sayuela hasta
los hombros y con las manos bajas, abiertas sus palmas orientadas
contra el brasero de picón, rememoraba cada escena otra vez a sus hijas
casi octogenarias, mientras ellas miraban “pa otro lao… ,siempre
mi padre con la misma película, se va´morir con lo miíimmo”.

Y el humo se hizo tan grande que corrieron todos los que llegaron
primero y con agua del pozo en cubetas fueron atajando los cuerpos
medio quemados inmóviles y con las ramas de los olivos nuevos directamente
“janchadas” dieron palizas al suelo contra las llamas para
que se extinguieran mientras otros con azadones hacían cortafuegos y
otros iban llegando y no entendían lo que veían, aquel paisaje desolador,
aquel caos de los que corrían y voceaban en direcciones contrarias
y subían o bajaban.

II

Plano de la zona de San Pantaleón donde se desarrollan las escenas.
Huían sin consuelo hasta el río Salado, bajo, “encajonao”, reseco,
sobre unas pocas piedras, interrumpido por los cuellos enfangados de
los galápagos como penes erectos mirándolos pasar metiéndose bajo
la película de barro, también ellos escondidos. Pensó, pensaron, quién
fuera galápago bajo el fango con el fuerte olor de la humedad podrida,
casi como un muerto, pero fresquitos, cazando moscas. Subieron la
pendiente dura y desolada de la tarde con el sol de frente sobre sus
cenizas, sus cejas de polvo, el sol siempre a esas horas, cuando las
chicharras se metían por los tímpanos y las orejas vibraban y el sonido
atronador llegaba bien dentro y alguien podría volverse loco, desde las
diez de la mañana con aquel sonido por el arroyo Tazonar hasta el Salado
y luego por el cauce seco, por las zanjas del arroyo Obrero, buscando
el pilar para beber y zambullirse en el charco, el barro negro,
ahora sí parecían galápagos, pero sin caparazón, desnudos, sus pantalones
pegados se quedaron contra la greda gris, negruzca, por las Umbrías
subiendo los repechos hacia la Mata Vieja, donde había olivos,
dirección Comendador, a meterse por las encinas del Cortijuelo como
chicharras muertas, sin respirar, en alguna grieta quietos y así ver pasar
el día aquel, pero miraron y sintieron que el Sulfuro era mejor, que
la Peña de la Grieta les era propicia, sobre la leve depresión de Las
Umbrías los dos acantilados de El Sulfuro, como lagartijas viles, los
acogerían, entre las chumberas, las profundas fauces de la gran grieta
alrededor del gran desplome antiguo de sus paredes gigantescas, allí
guardarían sus cuerpos, allí Antonio abriría los higos chumbos con la
mano, los arrastraría levemente por el suelo para intentar quitarles las
espinas, sobre su pecho aquellas piñas terribles, sobre sus manos atacadas
de escamas y callos insensibles, sus dedos abriendo el fruto duro,
mordisqueando apenas, tragando, chupando el dulce sabor del fruto,
mientras sus ojos rojos comenzaban a mirarse, sin decir nada; sorber,
dolor de cabeza, el pecho, el enorme peso de piernas y brazos, la
desorientación el tumulto de las chicharras que volvían sobre sus sienes,
las eclosiones, la oscuridad ahora de La Grieta. Se dieron cuenta
de pronto que en la noche de la grieta, ojos amarillos los miraban, encendían
y encandilaban sus miradas; ojos amarillos y verdes; profundamente
redondos como el fondo por el sol roto de los pozos poco
profundos a la claridad reflejada mientras una cubeta que pende de
una soga baja y son retratados los dos con perfección, que da miedo
las siluetas de los de arriba y la cubeta que en el centro del agua brillante
parece una negra pupila y donde todo el mundo a su alrededor
se manifiesta, como las sombras chinescas de un circo ambulante, con
la misma precisión de la cueva de Platón; ojos verdes pero muy amarillos,
los mochuelos no se iban, giraban contrariados sus cabecitas, orbitando
sus cráneos.

Justo
—Tendremos comida entonces -pensó Justo-, tendremos fruta sabrosa.
—Solo higos chumbos, no te vas a comer un mochuelo crudo, pega
fuego y verás lo pronto que están aquí todos.
—Calla y no te muevas de este agujero como una salamanquesa,
desde aquí veremos pasar por el camino de Villa del Río a mucha gente
todavía, de vuelta de llevar las mercancías al tren.
—Es malo “muú malo” este sitio, pero por la noche nos cambiaremos
y será mejor.
Un cohete estalló en el cielo próximo de la ciudad de las ocho de la
canícula, como queriendo prender fuego al cosmos, festejando el
triunfo de los que huyen y pueden descansar, sentir todos los dolores
juntos que es uno, enorme, imposible de aguantar, enterrados en vida,
no sé si voy a poder resistir, lo tienes que hacer Justo, no pienses en
nada, nos iban a matar, ¿no lo viste? iban a machacarnos y llevarnos al
Cortijo arrastrando, como unos cochinos jabalíes cuando los guardas
se los llevan con la mula atados, pa que los señores los rematen con el
cuchillo de monte y les corten la cabeza y el rabo, eso iban a hacer con
nosotros, nos tenían ganas y nos atraparon como conejos, pero sin hurón,
estamos tontos o qué, te da en el costado con el fusil ese, se le
dispara, se mata y yo al otro y tú luego te hinchas de machacarle la
cabeza al otro y luego al otro y tiramos “toóo” y aquí estamos no más,
pero qué suerte nos habrá “tocao” sin pagar la lotería antes, pero qué
mal de ojo me habrán “echao” antes de nacer, y así estamos Antonio,
que yo estoy tan “desesperao” como tú, que no sé… Pero no pienses
Justo, déjalo ya…, vamos a descansar, en cuanto anochezca ya veremos,
saldremos detrás de los mochuelos estos, buscaremos agua en el
pilar de los Camineros.

Antonio Nereo
—No ahí no, ahí te pillan seguro, están “toós” esos preparaos en
las huertas de El Vélez esperando que bajen del pueblo por la fuente
del Tío Pavo y la fuente Grande pa robar tomates, y los perros empezarán
a ladrar, nos iremos por el cortijo de la Luz aquí arriba y pa los
Molinos pa Cerrillo Blanco y bajaremos para el Cortijuelo, porque en
la fuente del Comendador hay guarda que puso don Julián Gallo para
la captación del agua que sube al pueblo y vive en la misma casilla de
la máquina esa, el agua la bebemos en el Cortijuelo en el pilar y luego
pa el arroyo las Viñas y Cepillares y podremos llegarnos a la aldea de
Alharilla donde Antonio “Pachón” nos dará comida y víveres y nos
contará algo.
—No, más bien vamos para la huerta Albalate y el Fontanal que
allí está Antonio “Rebujo “ en su melonar. No tenemos a nadie más, y
así nos vamos acercando más hacia Alendín que es por donde sabremos
mejor huir y nos buscarán menos.
—Pero Antonio, no seas ignorante, sabes que es muy difícil ir por
allí, el sol sale a las seis y media, te verán desde la Redonda de Porcuna,
te verán correr como un galgo, te verán, mandarán telegrama a Valenzuela
y allí nos esperará la guardia civil con los caballos y los máuseres
bien cargados y con la espada desenvainada para darnos cortes.
No nos van a dejar vivos ni un minuto, dirán que nos resistimos a
ellos, llevarán nuestros cuellos cortados y llenos de porrazos a la camilla
del cementerio e irán a vernos todos sobre la mesa de hacerle a
los muertos las pruebas y el forense dirá que nos hemos muerto
defendiéndonos
como antes pero que somos nosotros los muertos ahora. Y
se harán una foto mú bonita para el periódico, como cuando en las
monterías se las hacen con los señoritos y delante de los venaos.
—Más bien, mira Antonio, no seas ignorante, lo nuestro es irnos
para Andújar que allí en la sierra es imposible que nos encuentren, en
cuanto pasemos Lopera todo irá bien, pero esta noche tenemos que ir
hacia el Cortijuelo por el Camino de El Vélez y hacia Tres Molinos y
cogemos al lado del Camino de la Atalaya y ya está no nos coge ni un
podenco ibicenco, entre las piedras y la sierra somos más duros que
los alacranes y hay comida.
—…. Pero qué, pero qué va…, hace rato, horas que nos esperan
por allí, seguro –Antonio molido a palos- .
—Pero no conocen la sierra como nosotros, mira esto está más
cerca que Almedinilla o Castro del Río; allí sí, claro que lo sé, allí
también nos buscarían y en todos los sitios, mira será mejor que descansemos,
tienes los ojos llenos de pinchos, párate, te saco las espinas
de los chumbos no duele, abre, déjame que te abra el ojo y te quito el
clavo, es muy fino pero no te lo veo, restriégate entonces un poco de
barro seco del que llevas agarrao a la entrepierna o en los sobacos, cojéelo
hazlo un montón y ráspate los ojos y se te caen, son lanas más
que pinchos, que tienes que tener los ojos por la noche bien abiertos,
luego nos vamos al Cortijuelo y con los hinojos verdes te doy un poco
para que se te quite el escozor, mira te voy a poner una plasta de
chumbo en el hombro, sentirás frescor, Antonio chupa arrezú y le sacas
con la saliva el sabor para que la garganta no te duela tanto después
de gritar.
—¿Gritar yo?…
—… si no parabas, mientras esos te pegaban con la culata del
máuser, te volviste loco tendrías que verte la ira que se te despertó
cuando se le disparó el fusil y se pegó él mismo el tiro y te volviste y
le quitaste al otro tu escopeta y le pegaste se pegó él mismo también
con su dedo la perdigoná. En la cabeza también te doy friegas ahí
donde el culatazo, la miel del chumbo lo cura todo, mantente ahí, pero
no te vayas a inmovilizar, gírate de vez en cuando porque si no te vas
a quedar tullido y no podrás despertar a los músculos que se te van a
enfriar, hay que prepararse, descansar pero sin estar quieto, menéate
así pero mantente las plastas, chupa todos los higos que puedas, yo te
los voy trayendo, pero escupe las semillas porque si no nos harán un
atranque en las tripas y entonces sí que estamos apañaos, nos moriremos,
reventaremos intentando cagar, así sí que nos cogerán y se reirán
mientras nos morimos delante suyo.

novela LA NEREIDA. ficha técnica.

15 Nov

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FICHA TECNICA

 

TITULO: LA NEREIDA. El crimen de los Nereos, 1913.

AUTOR: Luís E. Vallejo Delgado.

PAGINAS: 232

EDITORIAL: EL OLIVO DE PAPEL

PRIMERA EDICION LIMITADA

DISEÑO: Álvaro Rendón

Foto de Portada: Alfonso Jiménez Casado. Detalle Virgen y niño Jesús. Mural Iglesia Parroquial de Porcuna, de Julio Romero de Torres.

PROLOGO: Antonio Recuerda Burgos. Cronista Oficial de la Ciudad de Porcuna.

ANEXO DOCUMENTAL:  Planos, croquis, fotografías y dossier de prensa  de 1913.

COMPRA Y ENVIO de ejemplares: Librería Séneca de Porcuna SOLICITANDO POR CORREO ELECTRONICO http://danieldelseneca@hotmail.com

y www.Elolivoeditorial.com

 

SINOPSIS:

En el verano de 1913, dos hermanos, llamados Los

Nereos, dan muerte a una pareja de la Guardia Civil, en

el Pozo de la Teja, cerca de la Cortijada de San

Pantaleón, en pleno término de Porcuna (Jaén).

Las circunstancias del doble crimen muestran una de

las historias más dramáticas del periodo de la Restauración

Borbónica en España.

Los Nereos huyen y durante días vagan por el término

de la Ciudad de Porcuna, perseguidos por la benemérita.

Finalmente, ocultos en La Torre Abejúcar y con miedo

de ser represaliados duramente, se entregan al Alcalde

de Porcuna, Emilio Sebastián, quien los lleva al Juzgado

de Martos.

Los Reos de Porcuna, como se les llama, son condenados

a garrote vil, en un Consejo de Guerra. La

sociedad española, giennense y toda la ciudad de

Porcuna se alza contra lo que consideran una injusticia.

Por primera vez partidos liberales y conservadores se

unen a favor de Los Nereos.

La Nereida es un canto a la injusticia y un homenaje

al término municipal de Porcuna, a sus habitantes, a

sus alcaldes, a Niceto Alcalá Zamora.

 

Niceto Alcalá Zamora,futuro Presidentede la Segunda República,abogado y diputado de prestigio, intentará salvarlos. Son muchas las razones personales que tiene. Jacinto Benavente, Pablo Iglesias, Alfonso XIII, y otros, intervienenen el caso. Niceto sólo consigue salvar a uno de los hermanos. Años después, cuando es nombrado presidente, lo indultará.

 

 

 

Autor:

Luís E. Vallejo Delgado,

Porcuna (Jaén), 1967

 

Doctor en Bellas Artes

Técnico de Patrimonio Cultural

en el Ayuntamiento de Porcuna.

Director del Museo y Conjuntos

Arqueológicos de Porcuna,

desde 1997

 

Compagina su pasión por la

investigación en temas de Patrimonio

con la actividad literaria.

 

Poemarios:

 

Arpegios, 1987. Ayuntamiento de Porcuna (Jaén)

Alma de Marfil, 1992. Diputación Provincial de Jaén. Colección Poetas

Cuaderno de Bitácora, 1998. Diputación Provincial de Jaén. Colección Poetas.

 

En Prosa:

 

De Rerum Obulco (Trilogía de Cerillo Blanco) .Puentes Palomares. 2007

Profecía y Apocalipsis del Jardín del Edén.(Trilogía de Cerrillo Blanco). Editorial El Olivo 2012.

 

 

 

 

 

CAPITULO 1 DE LA NEREIDA.

15 Nov

PUBLICAMOS EL PRIMER CAPITULO DE LA NEREIDA

El autor, ha creado este blog para publicar alguno de los capítulos de la novela además de dar a conocer noticias sobre el hecho histórico, fotos, etc.

DEDICATORIAS

Para Alberto Gay y Antonio Recuerda

que me ayudaron en esta historia.
A Niceto Alcalá Zamora
Abogado.
CAPITULO 1 DE LA NEREIDA. El crimen de los NEreos. 1913.
Autor : Luís E. Vallejo Delgado. Editorial El olivo de papel. 2012

A mí, por el contrario, un dios me impuso terribles trabajos. “
Hesíodo. Escudo, 94.

Niceto Alcalá Zamora Diputado a cortes en 1913

página 3
LIBRO PRIMERO
“Yo, aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de la leve avena, y dejando
luego las selvas, obligué a los vecinos campos a que obedeciesen al labrador, aunque
avariento, obra grata a los agricultores, ahora canto las terribles armas de Marte y el
varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados, pisó el primero la
Italia y las costas Lavinias.”
( Eneida, libro primero, Virgilio)

“Primero no nacer es lo mejor para los que habitan sobre la tierra; pero si no obstante se
nació, traspasar cuanto antes las puertas de Hades”
Hesíodo. Certamen, 77-79.

Buenos Aires ,18 de febrero de 1949.
No pudo salvarlo porque ya estaba muerto, a garrote vil, hacia ya 25 años de
eso, separados mes a mes, de doce en doce, los intervalos del tiempo suyo, dispuestos
en columnas verdaderas de soldaditos de plomo con la habilidad de convertirse en
hombres desarmados y borrachos, en seres que no contestaban a las órdenes, él ministro
de la guerra , rodeado con sus oficiales mayores en consejo reservado, interrumpido
levemente unos minutos por el fotógrafo, luego retornaron con las caras más dulces a la
bronca aquella. El rey tenía que firmar o él dimitiría irrevocablemente, no podría
aceptar las consecuencias personales de aquella guerra inminente contra los sindicatos
anarquistas, guerra sin soldados por aquella parte, guerrillas de calle y plaza, la guardia
civil cargando con el sable plano dando espaldarazos sin corte, las capas y los puños de
los viandantes, como muñecos sus tricornios oscilando a uno y otro lado del caballo
hasta la barriga varado por aquella muchedumbre de hambrientos, barro de los pueblos
depositado sobre las aceras de Madrid y Barcelona, pidiendo trigo y libertad.
-Y digo yo…¿no ha de haber un término medio entre la disolución macabra y la
destrucción de todo principio de autoridad y de tranquilidad social? –repetida siempre
por él, Niceto, con la misma exactitud, sobre su memoria enciclopédica, la frase como el
epitafio de una tumba.
Porque jurídicamente ningún monarca podría mantener la distancia insípida con
el pueblo para el cual están hechas y se hacen las leyes, no para el capricho de un
monarca y su primer ministro y el otro ministro de la guerra, el mismo, como cuando,
años atrás en 1913, en San Sebastian mandó telegramas en respuesta a las súplicas de
los ciudadanos por el perdón que llegó sólo a uno de los encausados, Justo uno de los
hermanos Nereos, y luego en Atocha recibido y Dato telefoneando a Echague al día
siguiente en Palacio Real esa distante y fría y espeluznante educación moral en los ojos
apagados como antorchas del rey, esa rabia que lo hizo ver claro desde entonces,
posicionarse en los sucesivos años, al lado de la única mujer clara y bella y dotada de
las armas del equilibrio que sin saberlo él había adorado durante toda su vida: La
República.
No pudo tampoco evitar pensar en Justo. Mientras se tumbaba en el diván, que
él llamó siempre sofá, que más se parecía a un cómodo catre de guerra plegable y
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forrado por las manos virtuosas de un talabartero, que la cama definitiva donde horas
después descansaría sin vida.
Justo…, mientras firmaba su liberación en 1931 y dejaba el folio más difícil para
el final, el nombramiento del joven Francisco Franco para General. La cara de su
ministro Lerroux esperando que cerrara la carpeta de firmas, su resistencia hasta el
último momento.
– Señor Lerroux, bien sabe usted lo que pienso –sentado temblando, firmando,
carpetazo…
– Señor Niceto, le proponemos los ascensos según necesidades tácticas de esta
República – Lerroux seco, serio, imponiendo sus normas.
– …los generales jóvenes son aspirantes a caudillos fascistas –mientras giraba la
estilográfica torpemente, con la muñeca rígida, descompuesta, pensando en
Justo y La Ginesa.
Ya las calles de Buenos Aires se mecían lluviosas en el verano de España, justa
correspondencia podrida de las antípodas, cosa nefasta porque los veranos, todos los
veranos de Priego de Córdoba le fueron durante su niñez repelidos por el fresco
sofocante del agua del pozo el pilón de los mulos sobre el agua renovada y limpiada del
verdín con lejía y su cuerpecito bañado y zozobrado, lleno de pudor primero a los tres
años, cuando su hermana Pilar aún con el negro vestido remodelado de niña huérfana se
cubría la cabeza con el blanco pañuelo y lo dejaba hundirse en aquel pilón y él notaba
su cuerpo sin peso y las lágrimas de su hermana mezcladas con el agua fría muy fría del
pozo y al patio se asomaban todos aquellos seres que ahora parecían poblar su mirada :
Nereo padre con los mulos pasando por el umbral de la casa empedrada a lo largo hasta
el segundo patio, el bullicioso crujir de las torvas de garbanzos verdes, golosina de los
infantes. Y luego Justo y Antonio, años después, alrededor de ese mismo pilar, con el
jabón de aceite de oliva entre sus manos chicas resbalando como un pez, la sombra
siempre presente de su madre, el ama de leche, esa dulce presencia, ese aroma aún antes
de ser divisada que anunciaba cercanías.
Justo, hacía pocos meses que dejó de mamar de sus pechos. Recordaba él
también y sabía de la urgencia de aquella mujer y la suya propia por retreparse sobre sus
piernas en tijera, la silla de olivo y enea, su trabajosa pose para alcanzar los pechos
abundantes de la madre que no tuvo, el respirar plácido de aquel seno, la unión filial, el
amor en sus ojos absortos mientras se miraban sin mirarse, alrededor de la sombra del
pajar y el pozo, del suave tacto de sus dedos sobre el revés de su brazo, esa piel delicada
correspondida y ahora el murmullo y el grito de los niños Antonio y justo en la Ginesa,
alrededor del pozo, su lejanía definitiva ya de todos y Madrid, en un tiempo sin medir
de lecturas, de viajes y de libros, de sueños, de discursos, de aplausos y de batallas
perdidas donde precisamente se había detenido su ser, señalado por el dedo redentor de
la fortuna, del haber estado siempre en el lugar menos adecuado y no decir no, subir
como la espuma, sabiendo cada vez lo que su oponente le iba a responder, hasta aquel
murmullo atronador del Congreso la tarde última en el Senado sin despedida, cesado
como presidente de La República, buscando su viaje hacia Santander, Toni mirándolo,
incriminándolo directamente, ladrando, sin pudor, huyendo de él una vez que
comprendió su abandono, rechazándolo como todos, mientras ……. Organizaba el viaje
aquel y Paris esperaba solo su muerte de Pilar, su mujer, para oponer fronteras, su
penosa odisea de 441 días hasta Buenos Aires, su prodigiosa retentiva de todo y de
todos, sus palabras ahuecadas por el viento de la respiración, irredentas, para siempre
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aire, sin ser entendidas, reverberadas por la propia cadencia de aquel aire raro por sus
pulmones paralizados, el estertor, el ronquido como el vómito, desde dentro hacia
afuera que viene y se retiene, el soplido el estruendo de la muerte sobre la pared fusilada
de sus pensamientos, ahogándose levemente antes de morir.

Rogad a Dios en caridad por el alma del Excmo. Sr.
D. Niceto Alcalá-Zamora y Torres
Viudo de Dª. Mª. de la Purificación Castillo de Bidaburu
Ex –Presidente de la República Española
Murió en Buenos Aires el día 18 de febrero de 1949
A los 71 años de edad
Habiendo recibido los Auxilios Espirituales
D:E:P.
Sus hijos, Mª. de la Purificación, Niceto. Mª. Teresa, Isabel y Luis; hijos
políticos. Dª Ernestina Queipo de Llano, Dª. Josefina Salinas Urtasun y D. Jose Navarro
Azañón: nietos, José y Mª del Pilar Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, Luis y Juan de la
Cruz Alcalá-Zamora y Salinas, Purita, Pio y Niceto Navarro Alcalá Zamora; hermanos
políticos y demás familiares y amigos.
Le agradecerán una oración por su alma y la asistencia al funeral que por su
eterno descanso se celebrará en la Iglesia Parroquial de Ntra. Sra. De la Asunción de
Priego el día 18 a las 11 de la mañana, así como a las misas que se digan dicho día, en
las capillas de Ntro. Padre Jesús en la Columna de S. Francisco y Ntra. Sra. De la
Soledad de San Pedro.
JACULATORIAS
La Alegría de nuestro hogar desapareció al faltarnos su presencia y su
bondad; pero la promesa de que los justos están en manos de Dios, consuela nuestra fe.
Su vida no se ha extinguido, se ha cambiado por otra mejor; después de algún
tiempo volveremos a ver a aquel a quien deseábamos conservar.
(San Efrén)
No se borrará su memoria porque la bondad de su corazón y el amor a su deber
le conquistaron numerosos amigos.
(San Agustín)
ORACION
¡Virgen Santísima del Carmen¡ De todo corazón os suplicamos pidáis a vuestro
Divino Hijo conceda la gloria eterna a nuestro queridísimo Padre, que al separarse de
nosotros nos dejó de pena y desconsuelo.

Tarjeta original del Funeral de Niceto Alcalá Zamora.